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martes, 26 de julio de 2011

" EL SEÑOR ES MI PASTOR, NADA ME PUEDE FALTAR...Sal 22,1-6 "...A los prisioneros de guerra de Argentina...A los que combatieron a los infames terroristas.

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Presos Políticos de Argentina. Sermón en la Prisión de Campo de Mayo


La oveja, los lobos y nuestros miedos
Sermón de un sacerdote para los Prisioneros de guerra
Domingo 15 de Mayo de 2011


En el evangelio que recién proclamamos (Jn 10,1-10) Nuestro Señor se pone él mismo como el ejemplo de “buen pastor” y conocedor de sus ovejas. Se trata de un recurso constante del Mesías; Él es el pastor y nosotros las ovejas de su redil, de las cuales no quiere que se pierda ninguna.
Así, por ejemplo, el Verbo hecho hombre había dicho que “si se perdiese una sola de las ovejas”, dejaría las 99 en un lugar alto para ir a buscar la “perdida”, símbolo del hombre pecador.
En la iconografía cristiana y desde los primeros siglos del cristianismo, esas ovejas que “oyen su voz” se representaban en los mosaicos y pinturas como siguiendo al único Pastor verdadero.
Pero hay, entre todas estas figuras bucólicas, una que el cristiano debe tener muy en cuenta y que a veces se nos olvida, y es la siguiente: “yo os envío como ovejas en medio de lobos”. El pasaje entero es el siguiente: “Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas. Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles” (Mt 10, 16-18).
Es que quien desee seguir a al pastor deberá moverse así: como una oveja en medio de lobos.

1. El temor de la oveja
Esta figura bíblica que el Señor pronunció, puede resultar paradójica si se la oye simplemente con los oídos naturales. Sucede que la primera impresión que suele tener la oveja frente al lobo es huir, escapar de la presencia del lobo para evitar sus dientes feroces. Es el temor la primera impresión ante los peligros; es esto lo que brota de nuestra sensibilidad dañada por el pecado original; es temor a perder lo que amamos (la vida, la libertad, los seres queridos…).
Nadie está exento de ello; ni los que están dentro ni los que estamos (por ahora) afuera.
Al temor que causa el peligro se le opone en la moral católica y aristotélica la virtud de la fortaleza que es aquél hábito que nos hace obrar siempre conforme a la razón frente a los peligros mayores, especialmente los que atentan contra nuestra vida.

a. Nuestros temores
Pero… ¿cuáles son nuestros temores?
Entre nosotros, entre los que estamos en este penal hay muchos miedos:
- Miedos por nuestras familias
- Miedos por nuestros hijos y nietos (por su futuro, por su “nombre”)
- Miedos por las sentencias, por las excarcelaciones, por los arrestos domiciliarios
- Miedos a ser tratados aún peor…; miedos, miedos, miedos…
Estos temores, la mayoría de las veces, lejos de poder darnos una actitud racional, puede paralizarnos y hacer que escondamos la cabeza.
Se cuenta que los gatos, cuando se sienten acorralados y sin poder escapar frente al enemigo, intentan su última estrategia: cerrar los ojos. Creen, en efecto, que así como ellos no ven, tampoco podrán verlo sus enemigos. “¡Pobre gatito…!”, diría el perro…
Y también se dice que el avestruz, cuando tiene miedo, aprovecha los huecos que hay en la tierra y mete su cabeza dentro, dejando a la vista su trasero…; y todo sabemos lo que pasa cuando uno descuida sus ancas…
¿Cuál es la doctrina de Nuestro Señor? ¿Qué nos dice?:
¡Todo lo contrario! Nos grita, nos impele y en Su momento más difícil, antes de ir a la Pasión: “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡no tengáis miedo!: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

b. La actitud cristiana: el combatir
Es difícil hoy escuchar esto sin que se nos critique; pero no decimos esto para quedar bien, sino para quedar “mal”; en la gran época de los “derechos del hombre” nos hemos olvidado por completo de los “deberes humanos”; y no sólo en los ámbitos anticristianos, sino incluso (¡ay!) entre los católicos. Es el deber cristiano de luchar, de librar el buen combate.
Es que es una obligación el no bajar los brazos y dejarse arrastrar por la derrota.
Es un deber continuar la batalla y mantener la trinchera hasta que Dios diga basta.
Es un deber llevar con hidalguía esta cárcel, estos hierros, donde el cuerpo (y no el alma) alma está metida.
Recordemos siempre: Dios no nos pide que venzamos siempre, sino que no nos dejemos vencer. Así lo decía San Pablo en su carta a Timoteo: “Soporta las fatigas conmigo, como un buen soldado de Cristo Jesús. Nadie que se dedica a la milicia se enreda en los negocios de la vida, si quiere complacer al que le ha alistado. Y lo mismo el atleta; no será coronado si no ha valientemente combatido” (2 Tim 2,3-4).
No queremos decir con esto que todo lo que ha pasado y todo lo que habéis hecho en los ’70 estuvo bien. Para nada; sabemos que aunque la guerra sea justa no siempre se lucha en ella justamente. Hubo errores y muchos de ellos grandes, pero también sabemos que en muchos casos, la coyuntura para un simple “pinche” no permitía actuar de otro modo. Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra y a quien le pese la conciencia, que use la confesión sacramental.
Pero ahora hay que seguir la pelea; ya lo había dicho el justo Job y vale la pena recordarlo, porque las verdades que no se repiten, se olvidan: “Milicia es la vida del hombre en la tierra” (Job 7,1). Así, cuando una nación es agredida por sus enemigos religiosos e históricos y agredida desde afuera y desde adentro, como lo ha sido y lo sigue haciendo la Argentina, es imperioso recordar y repetir una vez más lo que el poeta Gracián decía: “contra malicia, milicia”.


2. Por eso… ¡bajar los brazos es perder la última batalla!
Sabemos que el enemigo es grande y que vienen degollando.
Sabemos también que ya ha ganado varias batallas a nuestra Patria:
- La batalla por la verdad histórica (con la “historia oficial”, los 30.000 jóvenes idealistas”, “chicos de Malvinas” y la mar en coche).
- La batalla cultural (con nuestras escuelas recibiendo educación “laica”, “sexual” y “libre”).
- La batalla política (con el convencimiento casi unánime de que la democracia y los derechos humanos son dogmas irrevocables de nuestro tiempo).
- La batalla económica (con deuda externa e imperialismo internacional del dinero como prácticas rituales de nuestro ser nacional).
- La batalla religiosa (con un cristianismo diluido, un progresismo canonizado y un clero incapaz de proclamar la Verdad).
Nosotros también podemos ser partícipes de una nueva derrota que no se da externamente, sino en nuestras almas. Podemos también darles el gusto a los marxistas de esconder la cabeza, de claudicar de nuestros principios y de dejar de pelear. No ha sido así en la historia sagrada ni ha sido ésta la costumbre de nuestros grandes hombres.
Tenemos el ejemplo claro de David contra el gigante Goliat. David, joven y pastor de ovejas, oyendo los insultos de Goliat, gritaba a voz en cuello: “¿pero quién es ese filisteo incircunciso para injuriar a las huestes de Dios vivo?” (1 Sam 17,26)

Es que en realidad, uno se avergüenza cada vez que alguien, prisionero de guerra o pariente suyo, se lamenta de los padecimientos sufridos en la cárcel. Esta queda, este alarido, es un triunfo más del enemigo porque si con algo disfrutan es con la confesión pública de que están sufriendo. Sepámoslo, mal que nos pese: no fue ésta la conducta de aquellos presos que estuvieron en condiciones realmente inhumanas. Recordemos las frases del inmortal José Antonio quien con valentía decía: “porque la cárcel es incómoda nos va bien a los falangistas”.

* * *

Terminemos apelando a la fortaleza; a no olvidar que por estos dos o tres días de una mala posada podemos ganarnos el cielo; soldado: ¡la batalla continúa!¡a no bajar los brazos!
Que podamos decir con el profeta David (Ps 44):

“Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
Que se acobardan los enemigos del rey”.

A levantar la cabeza y abrir los ojos; a no dejarse vencer y a mostrar que todavía queda sangre en las venas. Repitamos una vez más con el gran converso de Tarso: “porque yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He combatido el buen combate, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe (2 Tim 4,5-8).

Prisionero de guerra… ¡¡¡Presente!!!

Padre Lucas Proscripto
Fuente:


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